
Esto es todo lo que queda de mi fonoporta (el de la otra escalera salió indemne, como siempre).
Mi calle estaba antes plantada de pinos gigantes que enterraban los coches debajo de una pila de agujas, daba igual la estación.
Por la noche daba un poco de miedo pasar porque a algún ingeniero se le ocurrió, que lo mejor era poner alumbrado de carretera, para que la bombilla quedara bien alta, hundida entre las ramas y la acera quedase como boca de lobo.
Y claro con ese ambiente tan íntimo y los bares tan cerca, en la acera de enfrente siempre se movían siluetas de gente haciendo cosas secretas...
El balance de aquella era oscura fueron: tres lunas del coche rotas, un maletero forzado, dos veces el contenedor de basura quemado, un fonoporta pintado de negro y otro quemado.
Ahora los árboles son unos de florecitas rosas que no dan ni sombra, las farolas iluminan y el coche duerme en garaje. Pero los bares siguen ahí (¡menos mal!) y aún queda gente que cuando bebe, se viene corriendo a pargarla con nuestro portal.
Pues nada, que si alguien tiene intención de visitarme, tendrá que coger aire y darme una voz bien fuerte, que el décimo queda alto.






